Leyenda

La cobardía es asunto
de los hombres, no de los amantes.
Los amores cobardes no llegan a amores,
ni a historias, se quedan allí.
Ni el recuerdo los puede salvar,
ni el mejor orador conjugar.

Silvio

Bien ha valido todo. El proceso. El destierro. El vituperio. La deshonra. El desamor.

Allí están ellas, las tres, que si bien hoy están lejos de nosotros y de nuestro señor -que en su seno siempre las cobije dondequiera que se encuentren-, deben su existencia a aquella que tantos llaman insensatamente mi cobardía. ¡Que fácil es juzgar a los demás desde una cama tibia o una mesa bien servida! Me pregunto cuantos de esos insensatos habladores no habrían hecho lo mismo si el mismo cáliz les hubiese sido servido a ellos en aquel momento.

Y, por supuesto, está también ella: la única dueña de mi loco y precoz amor.

Es hoy a mis ojos tan bella como cuando nos conocimos y en mi corazón sigue siendo aquella hermosa doncella iluminando la noche en aquel balcón bajo la luz de una envidiosa luna. Todavía hoy, después de tantos años, puedo percibir en mis labios el inconfundible dulzor de su boca en aquel primer y prohibido beso.

Aunque sé que en el fondo de su alma nunca terminó de entenderme -y acaso tampoco de perdonarme- me tranquilizo pensando que en el fondo fue feliz durante todos estos años. En el fondo entendió que así tenía que ser. Que nuestro amor no era sólo una apasionada locura adolescente. Que era nuestro destino estar juntos, intentar ser felices y no poblar con historias trágicas olvidables páginas sin pronóstico de vida mas allá de la tercera función.

Me encantaría creerlo pero mis mejillas se llenan todavía de rubor al recordar el momento en el que se enteró que aquella carta nunca llegó a mis manos. El instante en el que el tiempo pareció detenerse mientras en sus ojos brilló, de repente, la claridad del que ha entendido una verdad dolorosa y vergonzante. Desde entonces esos ojos no me miraron igual. Algo murió allí para siempre.



Todo parecía conspirar contra nosotros: la familia, la sociedad, las leyes, el destino.

Supongo que me burlé de todo lo humano y de todo lo divino aquel día que mis labios no probaron aquellas gotas. ¿Pero no es acaso bien sabida la calidad y cantidad de charlatanes que habitan el oficio de boticario?. Estoy convencido de que la droga era uno mas de sus múltiples embustes y engaños y que su efecto hubiese sido tan ínfimo en mí como mi vocación por abrazar la muerte.

Sí: el infierno debe tener al boticario entre sus huéspedes más selectos.

¿Y qué tiene de malo el oficio de artesano? ¿Es acaso un pecado el querer andar por la vida sin llamar la atención? ¿A quién molesta?. Suficiente castigo ha sido la mirada sin brillo de los míos. La indiferencia sin fin de los que me deberían agradecer la vida y el pasar. Esta maldita sensación de estar de más. ¿O es que alguien entiende el pesar de ver morir a tu mejor amigo entre tus brazos?. Vivir todos estos años, sin él a mi lado, fue sin dudas un exceso que en la puerta de los cielos habrá de ayudarme un poco cuando el momento llegue de ser juzgado por San Pedro.



Tantas escenas que podrían pasar hoy frente a mis enfebrecidos y cansados ojos y, sin embargo, este carrusel de imágenes decide detenerse una y otra vez justo en ese instante aciago.

Un escalofrío recorre mi cuerpo al recordar mi dolor al ver descansar su cuerpo tan pálido, terriblemente inerte. Su cara era angelical y llena de paz. Parecía impertérrita al hecho de que yo vivía en el mismo instante el mayor de los infiernos. Poco después entendí el complejo plan pero entonces sólo odié y maldije a los dioses y al destino con toda la fuerza de mi pobre y devastado corazón. Fue entonces cuando me consumió el terror. Las dudas iniciales dieron paso a la clara decisión de continuar, con el corazón desgarrado de dolor, pero vivo. Quisiera encontrar una palabra menos dura que cobardía pero los eufemismos, en este lugar y tiempo, decidieron serme esquivos.

Hoy, descansando en el lecho como me ha ordenado el buen doctor y esperando el final que ineluctablemente se acerca, cuando las cosas deberían ser más claras, el recuento de mi vida me hace llenarme de dudas ante lo que hice. Siempre repetí que no fui yo el que decidí sino una mano invisible que me permitió una vida larga, sin muchas satisfacciones, pero vida y larga al fin. Y cada vez que lo dije quise creerlo con toda la fuerza de mi corazón.

Y, sin embargo, la nublada vista de mis ojos ancianos no impide hoy que en mi cabeza se reitere, una y otra vez y con toda claridad, aquel momento decisivo. Y pienso, recordando ese instante -acaso suplicando una segunda oportunidad- en una alternativa. La única alternativa.

Mis últimos suspiros vienen entonces acompañados de una abrumadora certeza: de tener aquel veneno entre los dedos de nuevo ahora sabría que el único destino posible sería el de tomarlo para yacer allí junto a mi amada y, por lo siglos de los siglos, ser leyenda.

Buenos Aires. Enero 2012.

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Ahora sí: Cuento y Poesía

Hoy me voy por las ramas. No sé si sea el síndrome de abstinencia de no haber escrito por varios días pero lo cierto es que ya llevo con éste 3 posts -¡sí, 3 en un día!- tratando de publicar un pequeño poema que escribí hace unos días…

En los primeros 2 terminé yéndome por las ramas y escribiendo de cosas que si bien eran temas de los que algún día quería escribir algo no era la intención que hoy fueran protagonistas de éste espacio. Pero supongo que eso es parte de lo lindo de escribir: El proceso creativo es caprichoso y a veces hay que darle rienda suelta a esa parte libre e indómita que todos llevamos dentro y lucha siempre por salir.

En la época de mí vida -o sea, hace aproximadamente un mes- en la que, parafraseando a Lennon, estaba demasiado distraído planeando este Blog como para escribirlo, pensaba que tener un espacio como éste terminaría por decidirme a ejercitar el músculo de la creación literaria -Y sí. Mi lector lo ha adivinado: también tengo una teoría al respecto-.

No se si sea casualidad o realmente me llegó el momento pero lo cierto es que hace relativamente poco tiempo realmente me senté frente a la máquina y no sólo empecé a publicar posts si no que de a poco empecé también a escribir algunas cosas que por suerte no me son del todo desagradables.

Siempre me gustó escribir cuentos y aunque tengo pocos creo que algunos -uno- me salieron bastante decentes y hasta ganaron algún premio en otra época de mi vida -a los 19 años y entonces pensé que mi destino sería ineluctablemente el de escritor-.

Hace unos meses tuve además una experiencia muy linda -que involucraba a un gran amigo y a un escritor argentino al que admiro mucho de la que seguramente les hablaré luego- que terminó de convencerme de que debería volver a intentar escribir. Desde entonces comencé a tomar notas de algunas ideas y espero muy pronto poder transformar esas ideas en historias concreta que pueda compartirles.

En otra lejana y extraña época de mi vida escribí algo de poesía -no demasiado buena pero ciertamente honesta- pero la verdad es que entonces y todavía ahora escribir poesía me resulta una tarea intimidante.

Aclaro: me encantaría escribir buena poesía. Hay pocas cosas que me emocionen tanto como leer a Neruda o a Whitman o escuchar a un cantante/poeta como Silvio. Creo que hay pocas cosas tan difíciles como expresar un sentimiento por medio de un verso justo, con el ritmo adecuado, con la pausa perfecta y por eso admiro con tanto fervor a los buenos poetas.

Lo que me pasa es que generalmente lo que escribo no termina por expresar exactamente lo que siento y eso me resulta muy frustrante. Además, me aterra caer en el esnobismo poético que tanto detesto -disculpen pero la intención no lo es todo: no todos pueden ser poetas. Punto-.

Pero ahora corro el riesgo de terminar mi tercer post del día sin finalmente aprovechar para -humildemente y sin demasiadas pretensiones- presentarles un pequeño poema que escribí hace unos días y que espero sea el primero de muchos que me anime a publicar. Sin más preámbulos, ahí les va:

Nuestras Fiestas

Familia nómade la mía.
Amor en el desarraigo total,
superviviente de la diáspora,
inmune a las inclemencias del paso del tiempo
y a las caprichosas geografías.

Navidad es el día en el que nos juntamos
y compartimos la mesa,
llena de comidas y bebidas de múltiples banderas.
Solo nuestras propias fechas cuentan:
“La Tía” y “La Abuela” nos convocan más que “El Señor”.

Buenos Aires. Diciembre de 2011.