“Niveles” en la apreciación del arte

Decía el gran Galileo Galilei que las matemáticas eran el lenguaje de la naturaleza a lo que tendríamos que añadir que el arte sería entonces el lenguaje del alma.

Curioso y complicado destino entonces para tantos de nosotros que no dominamos a plenitud ninguna de sus diversas formas de manifestación.

Es como tener ganas de expresar lo que llevamos dentro y no poder hacerlo nunca en la medida en la que quisiéramos. La sensación es la de quedarse siempre corto. Me viene a la cabeza la imagen onírica de querer dar un gran discurso ante una multitud explicando lo que sentimos sólo para darnos cuenta de que nuestra implacable tartamudez nunca nos lo permitirá.

Supongo que es por eso que tenemos la necesidad de hacer nuestro el arte de otros disfrutándolo y compartiéndolo. Convirtiéndonos en curadores, promotores e incluso críticos de las expresiones artísticas de otros suplimos de alguna manera esta necesidad imperiosa de expresar lo que sentimos.

De hecho, creo que  la capacidad de apreciar el arte es totalmente diferente y no menos especial a la capacidad de producirlo. Creo además que es también un talento el poder encontrar interpretaciones, ideas y patrones en el arte que a veces incluso distan de las que el artista originalmente imaginó -al menos conscientemente-. Siempre recuerdo las innumerables discusiones con mi querido Tío del Ozama -Centinela del Río, Vigía de la Barranca, Constructor de la Casa Infinita y Honorabilísimo Pintor Plenipotenciario de la Ciénaga, de quien seguramente hablaré más en éste espacio sobre éste tema particular. Nunca nos pusimos de acuerdo. El es un gran artista y yo aspiro apenas a ser lo suficientemente sensible y perceptivo como para apreciar, disfrutar y con suerte verme reflejado en las obras de otros.

En algún momento hasta me las ingenié para esbozar una de mis pequeñas teorías en la que postulaba que el arte era apreciado en “niveles” parecidos a las ramas de un árbol en los cuales a cada nivel correspondía una cierta capacidad de comprender una obra. Así, por ejemplo, un pintor podría entender y apreciar sutilezas de un cuadro como sólo alguien con dominio equivalente de la técnica podría hacerlo para ese “nivel”.

Sin embargo, mi teoría habla de “niveles” y no de “capas”, porque entiendo que pueden darse casos en los que un vulgar espectador -sin dominio de esa técnica o arte específico- pueda entender otros niveles que tal vez le escapen a otros artistas o incluso al mismo creador de la obra en cuestión. Acá entrarían, por ejemplo, los casos donde hay obras con un contenido que involucra algún contexto. En este caso, sería un nivel de disfrute y apreciación el contexto en sí mismo, al margen de la técnica.

Como caso especial también creo -y éste era sin dudas el punto donde estuve siempre en más desacuerdo con mi tío- que un crítico de arte puede ser una persona tan o más sensible que un artista para encontrar patrones en un especie de arte colectivo, suma del arte de muchos artistas.

Pero como dudo que lea este post -la ventaja de un blog con pocos lectores es que el derecho a réplica es prácticamente innecesario- debo aclarar antes de terminar que he exagerado un poco. En realidad de lo que sea queja mi tío no es de los críticos en general ni de la capacidad de algunos de ellos de juzgar obras de arte. Se queja, y en esto estamos completamente de acuerdo, de aquellos que se valen de la crítica para hacerse mercaderes y, convirtiéndose de facto en jueces y partes del mundo del arte llenan sus arcas de dineros mal habidos en base a la especulación de los precios de las obras y de la percepción pública de los artistas.